Definitivamente no puedo seguir escapando. Encuentro cuentos
que escribí cuando tenía menos de seis años, recuerdo con mucho orgullo los
concursos de escritura en los que participaba, releo las miles de historias y
pensamientos llenos de emociones escritos en mis aventuras de adolescente. Reviso los archivos de los últimos diez años
y compruebo que la escritura se fue volviendo un desfogue, una liberación, una
conexión conmigo misma y un mecanismo de control para mis emociones.
Me gusta escribir desde que aprendí a escribir. Compartí mis
redacciones sólo en casos obligatorios, pero siempre me gustó escuchar lo que
los expertos tenían para decir. Me gusta
escribir sobre mis experiencias, mis ideas, mis alegrías, mis dudas, mis
miedos. Me gusta escribir sobre esas
personas que me cambian la vida, esas conversaciones que me dejan pensativa, esos
momentos que me llenan el alma, esas canciones que me ponen la piel de gallina,
esos lugares que jamás borraré de mi mente y esos desafíos de la vida que me
motivan día a día.
Hoy empiezo esta aventura sin saber claramente cuál es el
destino. Hay mucho para contar y aún queda mucho por vivir.
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